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ELLA DESNUDA: NIÑA, MUJER Y DIOSA
Desde siempre, el desnudo femenino ha sido apreciado por las mujeres de lesbos, por las que al pasar de los años han dejado constancia en poesías, pinturas, novelas y otras tantas artes… La mujer desnuda es deseo contenido y pasión carnal.
Haideé Mata.- Qué puede ser más humano y más voluptuoso que observar cómo se desprende de sus vestimentas, ella, hasta quedar con la piel atravesando mis sentidos y perturbando mis delirios.
Contemplarla en la cama a media luz cautiva mi deseo de tocarla y me invita a arrebatarla sin freno; ver esa silueta que gustosa se muestra ante mí sin recato y con desdén.
Quedar desnuda ante mí, quedar vulnerable y a la vez confiriéndose un poder absoluto.
Ella desnuda es poseedora de mi atención y de mi instinto carnal que la devora con estos ojos que lanzan lujuria y pasión, que la hacen suya una y otra vez sin tocarla.
Ella desnuda es niña, es mujer, es diosa.
Ella desnuda es mi deseo contenido; ella desnuda siempre es un camino no recorrido, tierra virgen, tierra fértil.
Ella desnuda recostada con las piernas entre abiertas y con sus pechos lanzándome el reto de poseerlos; ella desnuda con esa sonrisa de quien se sabe deseada.
Su desnudo cuerpo tiene muchas evocaciones en mi mente y en mi imaginación, como aquella cuando por primera vez pude apreciarla en su totalidad; cuando por primera vez pude regocijar mis ojos en ella, admirarla en su desnudez plena al recorrerla siempre por primera vez en cada mujer que ha estado desnuda ante mi, ella, es toda mujer desnuda.
El desnudo femenino ha sido apreciado por nosotras las mujeres de lesbos, desde siempre, por los siglos de los siglos, amén. Apreciado por mujeres que al pasar de los años hemos dejado constancia en poesías, pinturas, novelas, etc., de lo que una mujer sin nada que estorbe entre la mirada y su piel incita en nosotras.
El desnudo femenino es virtuoso y licencioso a la vez, lleno de subjetividad y al mismo tiempo de una objetividad que ralla en lo llano.
Con el transcurso del tiempo el desnudo de una mujer ha sido objeto de desprendimientos y de rigidez de la moral social; al observar un desnudo podremos apreciar cómo eran las normas que en ese momento imperaban en dicha sociedad.
Desnudo que aun el propio, es motivo de vergüenza para algunas, ya que les han enseñado que todo lo relacionado con el cuerpo es impuro e insano, sí, existe infinidad de lesbianas recatadas que les cuesta trabajo mostrarse o aquellas que hacen uso excesivo del no mostrarse tal cual para generar expectación e interés en otras.
En lo personal no dejaré de endiosar con toda mi subjetividad de mujerlesbiana que admira y desea al cuerpo femenino. No he de dejar de apreciarla a ella desnuda. Y claro, no dejaré de mostrarme desnuda ante los ojos de ella. |
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ELLA SÓLO QUERÍA ESTAR DESNUDA
He decidido contar la historia de una esclavitud voluntaria, porque aunque parezca paradójico así debo definir mi condición, mas no se tardará en descubrir que ninguna condición es, en esencia, voluntaria. Pero en una primera y sencilla acepción, la idea de ser una esclava voluntaria se compadece con mi historia y además me gusta el término. Suena bien y contiene el mensaje que quiere dar. Algunas personas se consagran a ser amos, en sus pequeños o grandes empleos, en sus pequeñas o grandes historias de amor. Otras personas, quizás las más, no se consagran ni a una ni a otra cosa. Pues bien, yo he decidido consagrarme a la esclavitud. Primero porque por alguna extraña razón me provocaba un placer casi animal, y luego, meditadamente, porque vi que a la vocación se le aunaba la idoneidad y la aptitud, razón por la cual eso era lo que yo mejor tenía para ofrecer a quienes me rodeaban. No sé cómo ni cuándo decidí convertirme en tal. Obviamente no fue una decisión consciente sino una revelación del carácter o tal vez un desarreglo genético. Seguramente nació conmigo y sólo precisaba algo que lo despertara. Ese algo fue Hernán. Y como lo que despertó esa vocación fue un hombre, concluyo en que la esclavitud es mi forma de amar.
Dijimos ya que Mara estuvo antes que Julia. Desde el comienzo le profesa a Hernán un amor que podríamos calificar de religioso, que se parece más a la devoción que al compañerismo. Quizá ello derive de que lo persigue hasta que logra su atención, y cuando consigue ese primer objetivo trata de sustituirse a otros nombres que no son personajes de esta historia porque ya no forman parte de la memoria de Hernán. Borra con perseverancia esos nombres y así pasa a integrar su vida.
Atendía un respetable salón frente al sanatorio, al que Hernán siempre cruzaba a comprar cigarrillos. Tenía el cabello profundamente negro y largo hasta la espalda de modo que no podía pasarle desapercibida como en efecto no le pasó.
Hernán sabe que nada anormal tuvo ese principio. Él tenía treinta y un años y ella veintidós. La diferencia de edad a nadie le pareció desproporcionada cuando comenzaron a mostrarse juntos. Tampoco levantó mayores comentarios la circunstancia de que un joven y promisorio médico eligiera a una vendedora que apenas había concluido sus estudios secundarios, y cuando se mudaron juntos fue sin más preguntas la señora de Hernán.
No hay que pensar que se trató para él de una mera atracción física pese a que era inocultable la incidencia que en su elección había tenido la belleza de Mara. Pronto se reveló como una mujer amable, de buen carácter y preocupada por el bienestar del hogar. Todo ello parecía propio de una mujer a la que nunca antes se la había visto con un hombre. Sabemos esto porque en los pueblos como el que nos ocupa, son esta clase de informaciones las que aparecen como más fáciles de obtener, pues en ellos todos parecen vigilar las conductas de todos, y resulta entonces relativamente sencillo el saber si la gente es buena o mala, si engaña o bebe en exceso, si van bien o mal sus negocios y si tienen una vida feliz con esposos y esposas.
Casi un mes después de una primera cita en un lugar bailable y acogedor en las afueras de la capital, ella se desnudó en un motel. (Hay que decir también que en los pueblos o ciudades del tipo que nos ocupa, los jóvenes suelen huir en las noches para alejarse de las miradas detectivescas y obtener, en verdaderas ciudades y entre la muchedumbre, un poco de intimidad). Hernán la miraba y era para él como un botín intocado, y en ese momento comprendió el instinto de posesión que podía despertar la virginidad.
Ahora Hernán reflexiona acerca de la autodenominación que se da Mara. Y, en efecto, concluye en que durante todos estos años se comportó como una real esclava voluntaria. Siempre acató y nunca mostró el menor signo de rebelión. ¿Eran sus gustos sexuales el origen de esa naturaleza? ¿O más bien eran éstos una simple consecuencia de aquélla? No se plantearía esta pregunta si no fuera porque Mara abre esta suerte de confesión o carta suicida con los primeros. Y se pregunta si es eso el símbolo de una simple conducta desviada que condiciona todo lo que a la postre sucediera. ¿Y por qué reconstruir con ese detalle tramos tan íntimos de la vida que tuvieron en común? No es difícil suponer que a Hernán le resulta extraño todo lo que está comenzando a vivir y por esa razón empieza a preguntarse sobre los reales motivos de Mara y Aurora para proceder como lo hacen. Sin encontrar una respuesta vuelve entonces a retomar la lectura.
Como no podía ser de otra manera mi peculiar vocación comenzó a revelarse en la cama. Por supuesto que estuvo pudorosamente oculta en nuestros primeros encuentros, hasta que la familiaridad que concede el tiempo me ayudó a ir revelándola con prudentes pero directos mensajes que él supo captar a la perfección. Y digo que no podía ser de otro modo porque tan condenable y vergonzosa es a los ojos del mundo la condición que poseo que la misma sólo podía manifestarse detrás de las paredes que me protegían de aquél. Vergonzosa y condenable sí, pero a los ojos de un mundo que todo lo etiqueta en normal y anormal, en arriba y abajo, en derecha e izquierda.
Vergonzosa y condenable, pero para un mundo que es incapaz de distinguir entre los lúdicos avances eróticos y la vida exterior. Un mundo al que le cuesta permitirse públicamente las oscuridades y las luces de las fantasías en las alcobas porque cree que ellas revelarán a la postre las posiciones sociales. Grandes hombres, ubicados en posiciones sociales eminentes han gozado sintiendo el látigo empuñado por alguna ignota mujerzuela. Escritores, filósofos, estadistas, no pudieron impedir, con mayor o menor esfuerzo, la divulgación de sus gustos por la flagelación, y sin embargo, todavía quienes presentamos algún grado de inclinación hacia esos exquisitos placeres, debemos soportar ser catalogados como fenómenos, aparecer en los sesudos libros de texto como curiosidades, para que los adalides de una de las más blandas ciencias vengan en tropel a ensayar con nosotros sus recetas. Y en verdad, por alguna extraña razón de la naturaleza sólo podía extraer placer del dolor y la humillación. (Se dice que Rousseau «parece haber sido un anormal con pequeño masoquismo», Nerio Rojas, op. cit., pág.197. Hoy se sabe también que Michel Foucault, filósofo del poder, no pudo sustraerse a los encantos de una escenificación del sometimiento y, en la década del setenta, aprovechaba las conferencias que dictaba en los Estados Unidos «para visitar los centros de sadomasoquismo que habían proliferado en algunas zonas de California». El País Cultural, Montevideo, 28 de enero de 2000.) Esta no tan inusual característica se presentó, como digo, a través de una simple predilección sexual, causa por la cual no le dispensé demasiada atención ni fue objeto de preocupación alguna de mi parte. De la misma manera que en la intimidad de nuestros lechos solemos desatar nuestras más profundas fantasías, así juzgué yo esta naturaleza que empezaba a revelarse. Tenía para mí idéntica trascendencia que la elección de la posición amorosa, y mal podía entonces endilgarle algún viso trágico como ahora le asigno. Como cuando en los avatares del juego erótico sueña una mujer con ser tiernamente asida y lentamente penetrada, sueña otra ser tomada con violencia y dejar al arbitrio viril la conducción de ese momento. Tanto una como otra fantasía aparecen despojadas de monstruosidad o consecuencias. Tanto una como otra forman parte de ese mundo íntimo que nos forjamos con el otro. Por tal causa mal podía entonces sospechar que una suerte de condición trágica —en el sentido griego del término— me haría su presa. Mal podía sospechar que la forma elegida de gozar de mi amor estaba revelando una voracidad que sólo podía conducir a una única manera de existir. Intuía, sí, que deseaba ser objeto de placer, ser manejada por él, que quería su bota encima de mí, recibir sus órdenes y satisfacerlo.
Lo fui descubriendo poco a poco. Al principio me contentaba con buscar la posición de mayor pasividad cuando hacíamos el amor; enseguida comencé a plegarme a todos sus deseos, tuviera o no apetencia, e increíblemente ello me la provocaba. Luego imaginaba ser violada por él, tomada sin deseo de mi parte, ser un cuerpo absolutamente servil a sus caprichos; y ello exacerbaba mi excitación, potenciaba mi capacidad de goce. Así entonces quise dejar entrever mis adicciones para poder liberarlas.
Y afirmo que esa revelación fue posible porque él pareció ir comprendiendo a la perfección mis velados mensajes ya que cuando hice totalmente explícita mi naturaleza, la amalgamó a la suya con naturalidad y sin ningún esfuerzo. No está de más recordar ese episodio porque a partir de él lo tácito se hizo evidente. Antes existieron sólo pequeñas y veladas actitudes de mi parte, tan triviales como excitantes.
Pero vayamos al instante que considero trascendente, aunque sé que la trascendencia es básicamente subjetiva, depende de las sensaciones y de los oscuros deseos de quien participa del momento. Así supe enseguida que había llegado la oportunidad. Era una casi aburrida reunión con amigos. Mientras yo hablaba, él y dos personas más, un hombre y una mujer, me escuchaban en silencio y bebiendo. Mientras las palabras retumbaban, deseé en lo más hondo de mi ser que me mandara callar, que me ordenara guardar silencio y que me hiciera un gesto, apenas perceptible pero evidente, para que me fuera. Y que todos lo notaran, y que me dijera que sólo podía, de ahí en más, hablar con su permiso, para que yo, avergonzada, debiera obedecerle.
La imagen se me presentó con la potencia de una fantasía sexual. Una más de mis hasta ahora inconfesas fantasías. La escena era burda, irreal, hasta grosera, pero se la conté cuando quedamos solos. Entonces dijo: «Si eso te provoca un orgasmo lo haré.» Es por esa respuesta, tan directa y certera, que juzgo una cabal comprensión de su parte hacia mi naturaleza.
Y quise que lo hiciera. Había sido suave con mi virginidad y deseé que hubiera sido violento. En ese entonces asociaba aquel inconfesado pensamiento con la incomparable excitación que me produjo su respuesta y le contesté: «Hazlo.»
Hacía pocos meses, dos o tres, no lo recuerdo con precisión, que compartíamos un pequeño departamento, pero esa conversación fue el punto de partida de nuestra historia.
A partir de ese momento desnudé completamente mi voluntad de sumisión. Teníamos, en las noches, nuestro pequeño mundo donde jugábamos al poder. Ideamos poco a poco y juntos un pequeño catálogo de divertimentos sexuales que contemplaban, no por obvios, acabadamente la condición que describo. Me figuraba entonces que nuestras paredes eran como aquellos castillos que describía Sade. En ellos la única ley era la del deseo. Los amos descargaban sus apetencias sobre los resignados esclavos; perdida toda esperanza de libertad, éstos estaban destinados sólo al deseo y la posesión.
¿Cuál es —se pregunta Hernán— esa condición que se autoasigna Mara? Ve ahora que ella por supuesto trasciende una simple fantasía erótica. Se dice que todos tienen tales fantasías y que a la postre ellas no condicionan una existencia. Le parece ahora que el relato que está leyendo es deliberadamente superficial y que no revela el verdadero mensaje escondido tras las palabras. No sabe si es un prólogo irónico a lo que ya conoce como continuación o si es un recordatorio ejercicio sexual de Mara que sublima el deseo en la escritura. Lo cierto es que tiene la potencia de una confesión y se pone a pensar en ello.
Se dice que la confesión es la desnudez absoluta pero pueden imaginarse dos clases de ella. Está la confesión religiosa, que permanece entre el confesor y el confesante, en la que incluso este último apenas ve el rostro del primero porque están separados por un entramado de madera. Se trata de una confesión parcial. Se confiesa porque el pecado está resguardado por el secreto. No hay miradas cómplices o lastimosas que contemplen al confesante, y se sabe que el confesor se llevará el pecado, por más terrible que éste sea, a su tumba. Por supuesto que si el confesante es creyente está desnudo a los ojos de Dios, pero si es creyente cree también en que Dios todo lo ve y entonces está siempre desnudo ante Él aunque no ejercite el sacramento de la confesión. Por lo tanto ésa es una desnudez con privacidad.
Pero está también la confesión que el reo hace en el juicio. Esa confesión, a diferencia de la primera, carece de toda privacidad. Es entonces mucho más sencillo confesar del primer modo. En el segundo el confesante se enfrenta no sólo a su propia vergüenza sino también a las miradas condenatorias del público y del juez. Una cosa es confesar entre las sombras y una muy otra es hacerlo ante oyentes ávidos y curiosos.
Es en este instante en que Hernán se percibe a sí mismo como un confesor, pero es un confesor extraño porque es también parte de la confesión. Resulta estar en una posición singular. Si juzga a la confesante se juzga a sí mismo. Si la absuelve se absuelve a sí mismo y esa absolución carece de toda validez. Si la condena tiene por tanto que autocondenarse y no quiere hacerlo por un natural instinto de defensa.
Le es inevitable el preguntarse por qué fue elegido como confesor si carece de la imparcialidad de tal y por consiguiente de su autoridad. Y es ese razonamiento el que le mueve a pensar que en realidad no se trata de una confesión, o que más bien el aire de confesión que tiene es un aire engañoso tras el cual se oculta otra cosa.
Veamos. En las actuales condiciones la confesión de Mara debió de asumir la forma del póstumo mensaje de un suicida. Y si la confesante quería asegurarse que ese mensaje llegara a su confesor debió de ser enviado directamente por el suicida. Por ejemplo, yendo al correo a despacharlo momentos antes de quitarse la vida. La participación de un tercero no encaja porque en tal caso la conducta lógica de ese tercero no sería otra que la de tratar de evitar el suicidio. Y si el suicidio se frustra, menos aún encaja que igualmente ese tercero alcance la confesión a su presunto destinatario luego de la frustración y conociendo la misma. No, entonces no puede tratarse del último escrito de quien decide su propia muerte y quiere, por algún extraño instinto, hacer saber los motivos de su decisión.
Pero si no se trata de una confesión justificante ¿qué es lo que justifica revelar esta historia? Y más aún, ¿cuál es el sentido de recordársela a uno de sus protagonistas? No obstante, desecha esas especulaciones para volver a sumergirse en el pormenorizado relato que de la intimidad de sus noches hace Mara. Por alguna extraña razón desea releer esos pasajes a sabiendas de que su esposa duerme ignorante en otra habitación. Parecería que esa lectura tiene para él el sabor de un pequeño engaño, de una traición inocente incapaz de dañar a Julia.
Ahora comprendo por qué siempre prefería arrodillarme. Colocarme de rodillas se compadece con la naturaleza que describo. Los esclavos siempre se arrodillan.
Arrodillada entonces a orillas de la cama encorvaba mi espalda hasta casi tocar el piso con el cabello, y con eso no hacía otra cosa que ofrecerla. La espalda, en casos como el mío, siempre se la ofrece a los azotes. Ante tal ofrecimiento él extraía su cinto, ancho y de cuero, lo doblaba sobre sí y tomándolo de la hebilla y del otro extremo comenzaba a dejarlo caer suave y rítmicamente sobre mí. Por cierto que nunca fueron golpes verdaderos, pero aún así debo reconocer que eran deliciosos. Periódicamente recibía su orden de arrodillarme y encorvarme y nunca dudaba.
Nunca lo cuestioné tampoco. ¿Acaso no existió siempre un binomio poder-debilidad simbolizando al hombre y a la mujer? ¿Por qué no llevarlo a esos extremos si se quiere inofensivos tras las paredes de un hogar? ¿Por qué no intensificar ese binomio en la más primaria de las interacciones: el sexo? ¿Y por qué después de todo iba a cuestionarlo? ¿No éramos acaso dos adultos que libre y conscientemente elaborábamos, edificábamos nuestra sexualidad? Cuando hay madurez y consentimiento, la libertad en este campo ha de ser absoluta, pues con ello a nadie se ofende ni se daña.
El día transcurría con normalidad. Trabajábamos, íbamos al cine, concurríamos a veladas con la familia o amigos, nos ocupábamos de las cosas comunes o extraordinarias.
Pero de noche teníamos nuestro secreto, nuestro pequeño altar consagrado a adorar los bajos fondos de nuestras ficciones y simbolismos. La alcoba era nuestro territorio.
La tela virgen pronta, preparada para trazar en ella los contornos de nuestras fantasías. Dos seres libres el uno para el otro. En ese recinto todo nos estaba permitido, era la puerta que daba a la irrealidad, al juego, y que liberaba las amarras de nuestros más recónditos deseos. De día «sí, señor», «¿qué desea, señora?», «¿almorzamos juntos, mi amor?», «¿has tenido muchos pacientes, querido?», «vamos el domingo a lo de mis padres»; «te adoro, mi amorcito». A la noche, en cambio, nuestro secreto, nuestro castillo. «Desnúdate.» «Sí, señor.» «Te castigaré.» «No, señor, por favor no», con un «no» que siempre era más un ruego, un decir sí, un ansioso desear que lo hiciera.
«Lo haré hasta que lo pidas.» «Hágalo entonces, señor.» «Arrodíllate.» Y zas, zas, zas.
Ése era nuestro pacto, el pacto de dos seres libres, por el cual uno de ellos, en uso de esa libertad, en expresión de ella, en la cima de su disfrute, la abdica a favor del otro.
Teatralmente, pero de modo que la escena y el escenario materializaban la fantasía, tomaba cuerpo, nos aceleraba el pulso y la respiración.
No recuerdo con claridad como comenzó. Nació naturalmente. Una noche me arrodillé ante él totalmente desnuda y sin mediar palabra extrajo su cinturón con la mayor naturalidad. La noche siguiente, también sin orden alguna, me desnudé, me puse de rodillas y volvió a hacerlo. Pero esta vez, mientras recibía los simulados azotes desabroché su pantalón y zambullí mi boca en su miembro. Con sólo escribirlo revivo los terribles espasmos hasta llegar al éxtasis; el rostro aplastado en su entrepierna y las rítmicas caricias del cuero en mi espalda.
Parecieron abrirse tantas puertas que todo lo anterior era como un insulso prólogo. Supe que éramos el uno para el otro. La proximidad de la noche nos provocaba el mismo cosquilleo en las barrigas. Nos echábamos miradas cómplices mientras viajábamos rumbo a casa, olvidados ya de los azares del día, los problemas del trabajo, los pacientes, los clientes atrevidos, las cuentas a pagar. Mientras abríamos la puerta, la sonrisita pícara, el corazón que late más deprisa, la imaginación que vuela preparando el juego de esa jornada, ideándolo, adornándolo y ya relamiéndose ansiosa por comenzar a jugarlo. Y luego él diciendo: «eres una viciosa»; y yo entre risas: «¿acaso tú no?». Éramos como las piezas del rompecabezas que encajan a la perfección, como el zurdo y el diestro en una pareja de tenis.
De ese modo nos bastó el recordar que, al inicio de nuestra relación, en un comprensible arranque de inseguridad le dije con franqueza y en ese lenguaje vulgar que a veces es fruto de la confianza: «Presiento que algún día me vas a mear», para verme al poco rato, tendida desnuda en el piso del baño y regada por su orina. El sentido figurado de aquella frase era obvio, y sin embargo, el revivirla, nos sirvió a ambos para asumir con facilidad y sin vacilaciones otro de nuestros juegos. Ahora me pregunto por qué fuimos tan pulcros. ¿Por qué no meó sobre mí en el piso del cuarto o sobre la cama misma? ¿No resultaba acaso demasiado estudiado el caminar hasta el baño y acostarme en la bañera para sentir en mi pecho el tibio y amarillo líquido? Recuerdo una película en que dos hinchas de un club de fútbol orinan sobre las paredes del estadio del club rival, en un incivilizado gesto de desprecio y superioridad. Arrodillarme en la loza fría y encorvarme para que Hernán orinara sobre mí despertaba una incontrolable imagen de poder.
Los instantes previos eran los que conducían a la mayor excitación. La lenta ceremonia de desnudarse, de caminar cabeza gacha hasta el baño y allí arrodillarse. La última mirada al hombre que se erguía, potente, de pie ante mi pequeñez y luego cerrar los ojos. Y esperar, esperar segundos deliciosos hasta que de improviso caía en mi espalda una lluvia fina y caliente, corriendo delicadamente hacia los contornos de mi cuerpo, escurriéndose por el canal que conduce hacia los muslos. En ese mágico momento yo pensaba: es mi amo. Si me ordena beberlo, lo haré. Si desea orinar en mi rostro me voltearé y obedeceré; si desea que permanezca horas tendida en el charco, hasta que se enfríe, hasta que se seque, sólo debe decirlo.
Debo aclarar a estas alturas, aunque creo que se ha comprendido, que no era el regodeo en el dolor lo que me excitaba sino la sensación de la sumisión. Existía un extraño placer en ella, un intenso goce en la sensación de pertenencia, en ser tratada como un objeto más de uso cotidiano.
Todo sin embargo no pasaba de ser un juego inocente. Y resultaba a la postre natural el querer esa exposición, esa desnudez que en definitiva era un homenaje al lazo que me esclavizaba. Se convertía entonces en el estrechamiento de ese lazo, y mientras más saboreaba las mieles de la esclavitud en esos juegos sexuales, más se reafirmaba la naturaleza indisoluble de nuestras ataduras.
Por cierto que alguna vez pasó por mi mente la idea de la perversidad como enfermedad. Al fin y al cabo, en las púdicas conversaciones que las mujeres tenemos sobre el sexo no es nada frecuente oír estas confesiones. Nunca escuché una apología de la zoofilia, por ejemplo. Al fin y al cabo, existe toda una parafernalia de psicólogos calificando nuestras conductas, ubicándonos en casilleros, en espacios bien definidos: hay normales y hay desviados. Y dentro de estos últimos hay diversos subtipos, distintas especies de desviación. Los hay sádicos, necrófilos, fetichistas. Se hacen esquemas y se cataloga. Uno no puede entonces dejar de sentirse como una rareza, como un objeto de estudio y observación.
Sin embargo la descarté prontamente. ¿Por qué hablar de perversidades si jamás habíamos cruzado a la otra orilla? Por lo menos en ese entonces. Quiero decir con eso que existía una sustancial diferencia entre jugar a la servidumbre y la enfermedad. Más gráficamente, no fui quemada por sus cigarrillos ni sus golpes me dejaron marcas. La real naturaleza de nuestros peculiares divertimentos puede sintetizarse en una sola anécdota.
(He tratado de intercalar pocas glosas al texto original, con el único fin de que él hable por sí mismo, salvo claro está la azarosa reconstrucción de Hernán. A efectos de ilustrar al lector, tengo la obligación científica de comentar que aquí se evidencia en Mara una personalidad que los expertos clásicos suelen calificar como de «masoquismo simbólico» o «pequeño masoquismo». Dupré la define por permanecer en un estadio imaginativo, incapaz de llegar a la lesión. Por oposición se define al «gran masoquismo», donde el enfermo se presenta incapaz de controlar su vicio y ello entonces lo conduce a la lesión o a la mutilación. Los párrafos que siguen ubican a nuestra protagonista dentro de la primera de ambas categorías.)
Hay una vieja película de la década del setenta que indignó a los movimientos feministas y escandalizó a los círculos morales. Precisamente su motivo es la sumisión voluntaria por amor y se llamaba Historia de O. La protagonista se transforma en un objeto a disposición de su hombre al punto tal que ni nombre tiene, se la designa con una mera letra y se le ordena. Y llega así un momento en que acepta llevar la marca de su dueño, la que se le estampa a fuego en una de sus nalgas.
Ese símil entre la mujer y el ganado era la perfecta alegoría de la posesión.
Conocíamos de su existencia e incluso recordábamos algunas crónicas que la comentaban. Por casualidad, la hallamos en un video club repleto de viejas cintas.
Luego de ver la escena que describo, y casi instintivamente y entre risas, él dibujó con tinta en una de mis nalgas su inicial encerrada en un círculo. Al hacerlo, sentí que apretaba más de lo necesario la pluma contra la piel y compartí su intención. Lo hizo hasta que emití un quejido producto del leve y agradable dolor. Ahora llevaba su marca.
Pero el dolor de O al ser marcada a fuego debió de ser atroz. La distancia entre la carne quemada de O y el azulado dibujo sobre mi piel resultaba en ese entonces abismal, por lo que no había motivo alguno para la autoacusación. Creo así haber explicado suficientemente por qué descartaba toda culpa por mi supuesta perversidad. Si debiera calificarla no encuentro otro adjetivo más apto que el de inocente, quizás inofensivo, a veces pueril. ¿Qué otro calificativo dar sino a mi inocua manera de exponerme?
Tampoco recuerdo cómo ni de quién partió la ocurrencia pero nos prestamos alegres a ella. Comencé a preparar la cena completamente desnuda mientras él la aguardaba normalmente vestido en el living. Luego, ya pronta, servía la mesa y me sentaba a ella en esa frágil y expuesta condición. Apreciaba muy especialmente las ocasiones en que extremábamos un poco el juego y yo cenaba sola y desnuda en la cocina esperando que él decidiera llamarme.
Tales divertimentos dejan sus enseñanzas. Resulta increíble descubrir el terrible poder que encierra algo tan cotidiano y natural como la vestimenta. De la misma manera que un rey es menos rey cuando se ve desnudo frente a su médico, su vestimenta y mi desnudez pautaban claramente los lugares que nos habíamos asignado.
El permanecer absolutamente desnuda mientras él comía, bebía, leía sus libros o miraba televisión, me convertía en algo a su merced, en algo disponible a su arbitrio y en cualquier instante. Podía imprevistamente cerrar el libro, tomarme allí mismo y continuar luego su lectura. Debo admitir que me encontraba completamente amaestrada.
Sólo le bastaba un gesto y yo corría a arrodillarme entre sus piernas, a abrirlas suavemente hasta que cada muslo presionara en ambos brazos del sillón. Luego extraía lentamente su miembro de entre la cremallera y lo ponía en mi boca mientras él continuaba su rutina, fuera lectura, televisión o simplemente fumar y beber.
Había transitado un largo camino hasta lograr mi propósito. Por ello, la sola idea de pertenecerle, de jugar a ser de su propiedad, más allá de su cierto valor cargado de erotismo, simbolizaba notablemente, sin hojarascas ni cortezas, sin lugares comunes ni frases pomposas, la adoración que le profesaba. Pero hay que reconocer que esa adoración crecía en función del cielo que me hacía tocar el perfecto ensamble de nuestras personalidades. «Mí cóncavo, tú convexo», bromeábamos en un lenguaje tarzanesco, festejábamos la ocurrencia y nos dedicábamos a planear algún nuevo juego.
Por supuesto que pensaba que esos juegos íntimos no afectaban nuestra conducta social. Por lo menos al principio. Me resulta difícil ahora explicar todo lo que después sucediera. La realidad fue que nuestros pequeños e inocentes divertimentos eróticos comenzaron, lentamente, a proyectarse hacia otras esferas de nuestra vida en común.
Conscientes de que todo era un mero simulacro, creo que aumentó nuestra voracidad por explorar un poco más allá de los papeles que mutuamente nos habíamos asignado.
Llega un momento en que la servidumbre, cuando se tiene una vocación por ella como la que a mí me asaltaba, si es fingida no resulta suficiente, debe pasar a un plano más real, el dolor debe sufrirse y no simularse. Y por cierto que no se puede ir por la calle encadenada o caminar siempre atrás del hombre, lo que nuestro propio sentido del ridículo no toleraría. Por cierto también que ni su espíritu ni el mío están hechos para soportar los dolores físicos de una marca a fuego; somos demasiado convencionales para ello y, en algún aspecto, quizás demasiado pacatos.
Y probablemente sea esa atmósfera plomiza que se respira al fin de la tarde cuando el día no depara nada nuevo lo que estimule nuestra pacatería y nos condene a una estudiada y devaluada manera de apoderarnos de otro ser. En esos momentos todo es tan parecido a esos ambientes sureños de mediados de siglo, en los que vuela el polvo rojo y el pasto largo y desprolijo oculta las mansiones blancas y destartaladas. Ese paisaje que imagino a través de la literatura se me antojó siempre gemelo al que nos rodeaba.
A los gordos granjeros blancos, entre calor y cerveza, les basta con que los negros les sigan llamando «señor» al final de la tarde para ir a dormir en paz. Eso les engrandece, los hincha más que la cebada, y pasan a sentirse dignos depositarios de la herencia de sus antepasados.
No era tampoco que le concediera al sexo un papel superlativo en nuestra vida, como podría erróneamente pensarse luego de la lectura de estas primeras líneas. Mirados con necesaria perspectiva, los juegos sexuales eran en ese entonces un medio para expresarme, un camino para liberar la íntima naturaleza que se estaba apoderando de mí.
Las sensaciones primarias e innatas buscan siempre una manera de aflorar, persiguen la luz a veces con fuerza irresistible, otras veces púdicamente veladas. Quizás si yo hubiera sido una mujer gorda y vieja, desdentada por el paso y el peso del tiempo, con un esposo enfermo, me hubiera consagrado en cuerpo y alma a limpiar pústulas y partes íntimas regadas de incontinencia. O quizás si hubiera sido un oficinista metódico y apocado, sublimaría mi naturaleza en un grotesco servilismo a mis superiores.
Como estaba perdida e ingenuamente enamorada y jamás había experimentado con el sexo, ése fue el medio que naturalmente mi condición encontró para revelarse. Pero eran, como he dicho, ejercicios con límites precisos, lejos del borde, seguros y definidos. A lo sumo, comparables a esas inocentes caricias que se prodigan las adolescentes cuando despiertan a la pubertad. Dos jovencitas explorándose mutuamente saben que sus juegos son inofensivos, que las caricias no dejarán rastro, que sus hímenes se conservarán intactos y que lo que hacen es sólo una inocente preparación para la realidad que aún se avizora lejana. Parecido a esa íntima sensación de seguridad en que esas precoces ensayistas desarrollan sus avances, era el sentimiento con que vivía las simulaciones que Hernán y yo nos prodigábamos. Dolor simulado, humillación fingida, poder irreal, es apenas como la mano adolescente que tímidamente roza la vagina de la amiga con el extremo cuidado de ni siquiera entreabrir los apretados labios.
No afirmo que de haberle impreso un mayor realismo a nuestros juegos la historia hubiera sido otra porque ello es una proposición inverificable. Por otra parte, prefiero pensar que sí le imprimimos ese realismo, sólo que a nuestra peculiar manera. Pienso que como ya no sólo deseaba jugar a la esclavitud sino experimentarla realmente, sólo había una forma de lograrlo en este tiempo y lugar.
Por ello creo que sin más disgresiones ni subterfugios, debo contar en qué consistieron nuestros siguientes experimentos eróticos |
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Advierto que deberán perdonárseme pequeñas ironías, pero fácil será comprender el por qué de las mismas.
Acabo de decir que describiría nuestros siguientes juegos eróticos. Por cierto que no han sido ni remotamente parecidos a los que acabo de narrar. Quizás porque —como ya lo he indicado— los simulacros no bastan y su reiteración, cuando se es demasiado voraz, conduce al hastío, él se convirtió en una especie de director o administrador de mis desgracias.
Ahora que ha transcurrido el tiempo y puesta a revivir esos otrora trágicos episodios, no puedo sino admitirles una evidente analogía con la desnudez. Y creo no equivocarme al afirmar que veo también como me provocaban un similar placer, a tal extremo que de poder hacerlo volvería a regodearme en él. Ése es para mí y hoy el sentido que le he descubierto a mi conducta. Una conducta que creo buscaba los absolutos, la insaciabilidad. Quizás no lo sabía entonces, pero perseguía el concepto descarnado, llegar a su núcleo, experimentar su médula y sus límites.
La administración de que hablo comenzó casi imperceptiblemente. Apenas sí se empezó a traducir en ínfimos detalles. Demostración de aburrimiento, comentarios despectivos, cada vez más frecuentes y punzantes, y un creciente desinterés. No tengo hoy la menor duda de que a partir de algún momento él se convenció de que podía humillarme con el peor de los desplantes sin que mi devoción se atenuara y mucho menos desapareciera. Y se adivina entonces que ante tal seguridad, por lo demás no equivocada, era inevitable la escalada de heridas que se sucedieron, sabiamente dosificadas con el aparente fin de librarse de mí. No puedo todavía explicarme cuál era su móvil. Tal vez le fue ganando la desidia que corroe a las parejas con el tiempo, el tedio de la monotonía, que combinado con mi sumisa devoción explotó en un sádico espectáculo del cual se creyó su director.
No contaba, por supuesto, que en tanto más me humillara más se fortalecía mi lealtad. Y ahora, puesta a hacer un ordenado inventario de tales livianas monstruosidades no puedo más que sorprenderme al pensar en todo lo que he soportado, y a la vez estremecerme por lo que me sé capaz de soportar.
Comencemos entonces, como se dice usualmente, por el principio.
Él percibía que mi desorbitada pasión por ser poseída (en la más amplia e imaginable acepción del término) era proporcional a mi temor a la infidelidad. De la misma manera que incondicionalmente estaba destinada a sometérmele, el dolor más agudo consistía en sólo imaginarlo con otra mujer. Quería ser irremediablemente poseída pero también poseer, deseaba ser dueña de todos sus pensamientos, de todo su tiempo y colmar todas sus expectativas. Todo lo vivido, empero, me ha hecho reconocer que ese sentimiento no era sino contradictorio con la condición que yo misma deseaba asignarme. Sin embargo, de la misma manera que el preso se sabe a merced de su carcelero, se vanagloria y goza con la preferencia que éste le profesa. Igual quería yo, émula de esclava, la exclusividad del amo. Debo admitir que en ese entonces, como se dice comúnmente, confundía los papeles, pero ello se debía a que la consciencia de mi vocación y condición no se había aún perfeccionado lo suficiente. Si hoy me lo preguntaran no vacilaría en afirmar que sería indigno de una buena esclava no sólo la exigencia de exclusividad al amo sino su sola apetencia. Pero como estábamos ambos hastiados de la simulación, ese error mío de apreciación fue pretexto bastante para nuevos ejercicios.
Nos habituamos a divertirnos en centros nocturnos de la capital puesto que nuestra ciudad parecía ocultarse tras un telón negro después de las diez de la noche. Recuerdo que él comenzó en distintos pubs o discotecas a coquetear delante de mí con otras mujeres. Lo que daba principio con furtivas miradas y sonrisas, en parte provocadas por el alcohol, terminaba frecuentemente en un desembozado desconocimiento de su acompañante: obviamente quien esto narra. Sentados a la barra y bebiendo whisky, siempre conseguía incorporar a otra mujer a la conversación. Salía entonces a bailar con la desconocida y quedaba yo mirándoles. En muchas ocasiones veía cómo esas mujeres giraban el rostro para fijar en mí sus ojos y se reían descaradamente. Hasta que una vez, al ver que él, entre las tenues luces de la pista y casi codo a codo con otra pareja de bailarines, besaba a una de ellas, aguardé pacientemente a que volviera a la barra y, en un susurro, lo amenacé con un escándalo.
Dijo que nada nos ataba, que si no me agradaba la situación podía dejarlo, y callé. Una y otra vez se sucedieron esos escarceos y una y otra vez amenacé con abandonarlo.
No lo hice.
Poco a poco comenzó a hacerme comentarios irónicos sobre sus compañeras de trabajo, a darme burdamente a entender que se estaba fijando en otras mujeres. Noté que fuera cual fuera el lugar donde nos encontráramos, se tratara de una fiesta, de una reunión social, o hasta en encuentros ocasionales, no dudaba en dirigirse acaramelada y estúpidamente a cualquier mujer que se le cruzara. Se reía con ellas en mi presencia, les hacía veladas insinuaciones, les alababa la vestimenta o los ojos, las tocaba mientras conversaban, todo como si estuviera solo, todo tal cual mi presencia no le importara, o mejor dicho, cual si no le importara mi humillación, que por lo demás resultaba tan evidente que en ocasiones llegaba a incomodar a sus interlocutoras.
Pero veo ahora que todo concluía en un pueril juego de adolescentes. Quizás debió llevar a esas mujeres desconocidas a nuestro hogar, debió ordenarme que me sentara frente a la cama y hacerles el amor delante de mí. Gozar a otra mujer ante mis propios ojos y luego, exhausto, despedirla sin llegar a tocarme e inmediatamente dormirse. Más de una vez he imaginado esa escena y más de una vez también mi posterior comportamiento. Estoy segura de que mientras él dormía, cansado por el amor, yo, a su lado, con mi mano izquierda apretaría mis pezones y clavaría en mi caverna los dedos de mi mano derecha abrazados en un apretado racimo, para así llegar al éxtasis reviviendo la escena que pocos minutos antes se había desarrollado ante mí.
En lugar de eso se limitó a concertar encuentros a mis espaldas. Lo que es por lo menos un decir. Yo sabía perfectamente a qué respondían sus habituales llegadas a altas horas de la noche pese a las usuales excusas. Volvió a ver que había un mundo por descubrir fuera de nuestras paredes, pero nunca se animó a incluirme en él. Comencé a representarle la habitualidad, el monótono decurrir de los días y las noches. En suma, la contracara de su reconquistada libertad.
Se preguntarán qué había sucedido a estas alturas con nuestras ya vistas depravaciones. Sucede que todo lo que se repite languidece. Siguiendo esa misma ley palideció nuestro interés en ellas.
Hernán había decidido por ello ejercer el poder que yo misma le había otorgado, seguramente con el objetivo de que fuera yo quien lo dejara para evitarse el siempre engorroso trance de proponer la ruptura. Y es que existen personas, y él es una de ellas, a las que les cuesta sobrellevar la carga del abandono, y tal vez más por un exacerbado sentido de la culpa que por una exacta noción del daño que pueden provocar.
Puedo afirmar hoy sin temor a equivocarme que nunca llegó a explorar las reales posibilidades de mi sufrimiento. Nunca llegó a advertir hasta dónde podía pulsar las cuerdas de mi sumisión y ello quizá le movió a abandonarme antes de tiempo.
Pero sigamos con los hechos. Su próximo paso fue la separación formal. Y como sus continuas humillaciones no lograron quebrantar mi permanencia, debió él asumir la iniciativa por su deseo. Sin embargo, hay que indicar que su abandono parece hoy haberse producido con el solo fin de recuperarme cuantas veces se le antojara.
Como le es totalmente imposible vivir en soledad, comenzó a repartir su tiempo libre entre distintas mujeres. Sé incluso que a una de ellas le contó, entre risas y alcohol, mis predilecciones en la cama.
No obstante, a los dos meses de su ahora sí recuperada y completa libertad comenzó a llamarme. Había dejado de trabajar en el comercio frente al sanatorio ya que afortunadamente su dueño tenía otro local enclavado en el centro mismo de la ciudad, y accedió sin mayor dificultad a que me trasladara a él. No quería cruzarme con Hernán todas las mañanas ni estar pendiente de la puerta del sanatorio para no más verlo entrar o salir. Ello, sin embargo, no impidió que un día apareciera por mi nuevo puesto con un pueril pretexto, que conversáramos unos minutos y que se despidiera con un «te llamaré». Nos volvimos a encontrar y su único propósito era llevarme a un hotel. Por supuesto que obedecí. Ni siquiera pasamos la noche juntos, y a la mañana siguiente lo llamé a la casa que había alquilado casi en las afueras de la ciudad. Supe por su cortedad que había otra mujer en su cama, a la que seguramente recogió luego de satisfacerse conmigo. Se lo pregunté directamente, contestó que sí y colgó. Ese día debí tomar calmantes para ahogar el llanto, la rabia, la desesperación. Me hundí en el sopor del sueño inducido hasta que me despertó el teléfono. Era él para disculparse. Me dijo que ningún compromiso nos ataba pero que su mente nada más podía ocuparse de mí, que nada serio había entre él y su ocasional acompañante. Me citó y fui. Me llevó a su nueva casa y me hizo el amor. Anudados en su cama, próximos al éxtasis me dijo entre gemidos que tocara la cama, que en esa misma cama la noche anterior había poseído a otra mujer. Lo repetía una y otra vez porque parecía excitarlo, mientras que yo, boca abajo y cargando su cuerpo en mi espalda, hundía la cara en la almohada y lloraba. Tantas veces repitió su peripecia de la noche anterior que llegó un momento en que no pude ya soportarlo. Salí de debajo de él con violencia mientras le gritaba e insultaba; tiré contra la pared una botella de vino a medio beber que teníamos sobre la veladora y creo que hasta intenté golpearlo. Me calmé al poco rato, tomé mis cosas y me fui repitiendo para mí que debía poner fin a esos encuentros.
Igualmente continuó buscándome. Y aun así continué respondiendo a sus llamados. Cada uno o dos meses me aferraba a su sexo. A veces una o dos horas en un hotel y otras se quedaba a dormir en el departamento. Me tomaba salvajemente y luego pasaban meses durante los cuales me ignoraba por completo. Vivía pendiente de sus llamadas. El teléfono se había convertido en una obsesión a tal extremo que me imaginaba su timbre y corría a atender sin darme cuenta de que ese sonido no era otra cosa que una alucinación. Durante esos intervalos me crucé dos veces con él. En ambas estaba con la misma mujer. La primera vez me vio y apenas me saludó con un gesto.
La segunda vez estaba con ella en una confitería. Bajaba del autobús y los vi a través del ventanal. Sentados a la mesa con dos cafés, él extendía constantemente su brazo derecho para acariciarle el cabello. Eran cerca de las siete de la tarde. Durante la mañana de ese mismo día había llamado para citarme a las nueve. Ya había anochecido y me quedé oculta tras un árbol contiguo a la parada mirándolos y me fui tras media hora de fisgonear. Como nuestra cita era en mi departamento, fui, preparé la cena y me dispuse a esperarlo. Llegó puntualmente. Cenamos, hicimos el amor y se fue. Pude haberle hecho preguntas, haberle dicho que lo vi, pero sentía temor. Si le hacía una escena quizá dejaría de llamarme o espaciaría aún más sus ausencias. El temor a perderlo era superior a mis celos. Me dije que debía acostumbrarme a compartirlo con otras, que debía soportar esa condición sumisamente.
¿Se preguntarán el por qué lo hacía? ¿Por qué consentía en entregarme a él a su solo llamado? Creo que eso también avalaba esa sensación de pertenencia a la que me he referido. La entrega completa, el derecho de uso que le había conferido sobre mi cuerpo y mente, sólo podía ser total y veraz si soportaba que no lo ejerciera. Así como podía tomarme cuando y cómo quisiera, de igual manera podía no hacerlo y esta opción le daba tanto poder sobre mí como la otra. Y hay que decir que ello me congraciaba con la más pura y arraigada condición humana. ¿O acaso este torpe animal de dos patas que somos no ha buscado, desde sus mismos albores, forjarse de mil maneras un amo? Desde que bajamos de los árboles erigimos totems e iglesias; inventamos oraciones y nos autodesignamos siervos de alguna divinidad. Turbas enteras de siervos voluntarios y temerosos alabando a su amo, revolcándose en una querida servidumbre y reforzando su devoción en proporción directa a los desdenes de aquél.
Porque ¿qué extraño fuego anima a este bípedo con habla a solazarse en ser siervo de dioses que le envían plagas, que lo castigan con guerras y desgracias? La madre, con su recién nacido deforme a cuestas dice: soy tu sierva, Señor, y si ésta es tu voluntad, la acepto. Lo mismo dicen el inválido y el miserable. ¡Qué profunda vocación servil entonces nos anima! ¡Qué honda necesidad de tener un amo, de amarrarse a él! A lo largo de la historia ese amo nos ha azotado, nos ha diezmado con sus iras pestíferas, ha desatado su odio y ha creado el incomprensible martillo del azar, y aun así tememos que nos abandone. Aun así nos vanagloriamos de decirnos sus siervos, de mostrar la mejilla destrozada y ofrecerle la mejilla sana. Luego de recibir miles y miles de latigazos, sólo queremos volver a Él. Nos aterra profundamente el solo pensar por un momento que estamos solos, que ese amo no es más que una sutil creación de la química de nuestros cerebros a modo de catarsis contra el miedo a morir. Concebirnos libres de esa fuerza, dueños de nuestro destino, arrojados a un mundo atroz pero que podemos descubrir y dominar excede nuestra capacidad. Nuestra condición, nuestro temor, nuestra naturaleza, exigen un amo. Y si tantos millones de infelices acentúan su devoción al amo cuanto más grande es su desdén, ¿quién soy yo para no seguir esa naturaleza ante los tímidos desprecios del mío? Cuando tal condición se encuentra en la médula de la especie, ¿por qué negarla? Olvidémonos por un instante de la circunstancia de que el tal amo sea una idea o sea de carne y hueso y sangre. Vayamos sólo a la otra cara, la de la servidumbre electiva. Y entonces ¿por qué es digna de repulsa la mujer golpeada que se ata a su marido vago y ebrio y no las miles de madres cuyos hijos mueren de terribles enfermedades y siguen adorando a un amo que, por el poder que ellas mismas le endilgan, podría haber evitado esas muertes inocentes? ¿Qué es, en esencia, lo que me diferencia de estas últimas? Nada, absolutamente nada y por lo tanto, si ellas nada tienen para reprocharse a sí mismas, mucho menos lo tengo yo. De la misma manera que esos ejércitos de inválidos continúan alabando y cantando salmos a quien, pudiendo liberarlos de sus cadenas opta por ajustarlas, yo también elegía esa misma opción, yo también elegía alabar a quien apretaba insoportablemente mis ligaduras y nadie tiene la autoridad necesaria para condenarme por ello. Ése era mi consuelo.
Ahora sí me sentía en verdad desnuda frente a él y por lo tanto a su disposición. Curiosamente las sensaciones emanadas de aquellos juegos vinculados a la vestimenta y la desnudez se habían materializado en otro pendular juego de recupero y abandono. Sólo que ahora la pasión me desbordaba cuando disponía de mí y el dolor, un dolor esta vez sí real e insoportable, me agobiaba cuando dejaba de hacerlo. Estaba experimentando realmente la servidumbre, estaba literalmente desnuda a los ojos del amo. Imaginaba estar encerrada en una celda cuya única llave la tenía él. Esperando ansiosa a que la puerta se abriera y apareciera allí para tomarme violentamente y arrojarme luego otra vez a la oscuridad. La sensación era contradictoria. Por un lado temía el dolor del abandono, pasaba noches enteras imaginando que en ese mismo instante estaría amando a otra mujer, lloraba dibujando su cuerpo desnudo en brazos desconocidos, recorrido por otra boca y por otras manos. Pero al mismo tiempo me fortalecía pensando en que yo todavía estaba ahí, que en cualquier momento volvería a llamarme, que no podía dejar de hacerlo. Me descubría entonces experimentando un extraño y morboso placer. Un placer que nacía de sentirme usada, de sentirme casi un objeto que él podía venir a tomar cuando lo deseara.
En ese entonces le era fiel. Mi fidelidad, mi rechazo a la sola idea de estar con otro hombre, acentuaba esa loca sensación de pertenecerle. Era una situación casi patética. Me guardaba para él, para cuando quisiera tenerme, y el solo imaginarme con otro hombre hasta me causaba una sensación de culpabilidad.
No obstante, y como todavía conservaba cierto grado de cordura, traté de deshacerme de esa sensación. Ayudó mucho que luego que una noche me hiciera el amor en su automóvil pasó siete meses sin llamar ni destinarme el periódico uso que me tenía asignado. Entonces, por primera vez desde nuestra separación conocí a un buen hombre. Se acercó y me abrió las puertas de su casa, conocí a su familia y casi fui feliz. Me trataba con ternura y paciencia. Al igual que la ex esposa del ebrio se aferra al abstemio así me aferré yo a este hombre.
Por lo pronto no era amor lo que sentía por él pero sí algunos de sus más felices sucedáneos. En ocasiones ciertos gestos, ciertas actitudes, ciertas pequeñas condescendencias, pueden tener un importante efecto sobre la química cerebral cuando estamos inmersos precisamente en sus opuestos. Del mismo modo que responde el perro, responde el humano. Como cuando aquél es castigado por el amo y viene un vecino a acariciarlo se arremolina en éste y lo festeja, igual hacemos nosotros. Este hombre me tuvo consideración. Me obsequiaba, pasaba casi a diario por mi trabajo a dejarme el almuerzo y me llamaba en las tardes para conversar de cosas sin relevancia porque los temas no importaban y sólo deseaba conversar. No era ni servil ni un tonto enamoradizo, y apareció en ese instante, como el vecino que rasca el lomo al perro y le acerca un plato con comida.
Uno podría preguntarse qué es el amor. O es una simple reacción química o bien una compleja sumatoria de condiciones tales como experimentar paz, afecto, sentirse acompañada, divertida y respetada. Creo en fin, aunque para ello deba acudir a un brutal reduccionismo, que no es más que una simple reacción química que no podemos controlar y que no necesariamente nace de la sumatoria de tales condiciones. Porque ésta sin la reacción sólo se le parece, mas no sobrevive largamente. En cambio, la existencia de la reacción química persiste aun cuando estén ausentes todas las condiciones que digo componen el concepto «amor».
Había resuelto conformarme con los componentes no necesarios y olvidar la química. Y pareció fácil por la ausencia de referencias de Hernán. Pero al poco tiempo reapareció, probablemente porque se había enterado de mi nueva esperanza. Volvimos a vernos pese a que debía ocultarse para consagrar nuestras citas, a las que ciertamente no pude negarme. Al prolongarse esa situación comenzó a jurar amor y arrepentimiento por partes iguales hasta que me convenció de terminar con aquel hombre al que me había asido como a un madero en el océano.
Lo hice pese a que lo vi sufrir. Sentí culpa pero también poder. Todo es, al fin y al cabo, como una extensa cadena de mando. El amar desguarnece y subyuga. Entendí que aquel hombre me amaba con la misma intensidad con que yo amaba a Hernán, y que ambos estábamos irremediablemente perdidos. Ello demuestra mi incapacidad para concebir el amor como una relación entre iguales, como una idílica unión de dos seres fundada en la gentileza. Estimo que siempre es así en el fondo de las cosas y todo lo demás no pasa de ser una simple cubierta, un tenue velo que una vez se le arranca deja aflorar la parte más oscura de nuestro instinto. Pensemos por ejemplo en la tan manida necesidad de protección que decimos tener las mujeres. ¿Qué es eso sino la necesidad de contar con un protector, con una especie de Señor bueno a cuyo vasallaje nos sometemos bajo el pretexto de sentirnos cómodas y seguras? Pero el vasallo es vasallo tanto del Señor gentil cuanto del Señor perverso, y podemos preguntarnos si esa necesidad de protección no es la versión tamizada y edulcorada de la necesidad de vasallaje.
Ya se podrá adivinar que la recompensa a mi decisión fue escasa. Pudimos volver a vernos en público, y debo reconocer que durante casi un mes compartimos cerca de diez o quince veladas, aunque sólo volvió al departamento para pasar en él la noche no más de tres o cuatro veces. Al mes siguiente no llamó más que en dos oportunidades y luego desapareció de mi vida por igual período. Nada me había prometido y nada le exigí yo. Y tampoco quise recuperar al hombre que había abandonado aunque estaba segura de obtener su perdón.
Esta historia se repitió en otras dos ocasiones. Bastaba que yo iniciara algún nuevo romance, que llegara a sus oídos que me habían visto con otro hombre, para que reapareciera y por lo tanto para que yo negara toda esperanza a mis ocasionales pretendientes. De igual modo, y con la misma matemática precisión, se sucedía su abandono.
A los casi tres años de este pendular uso que me proporcionaba, decidí ponerle fin. Convencida de que mi capacidad de dolor se había colmado, dirigí mis esfuerzos a buscar empleo en otra ciudad. Lo conseguí y tras una rapidísima mudanza me encontré a más de trescientos kilómetros de mi calvario. Debo entender por lo que siguió que me subestimé, que el pozo negro de mi dolor era mucho más hondo de lo que pensaba y que aún cabrían otras sabias y sutiles dosis.
Con la ayuda de mi padre obtuve trabajo en una empresa importante de una ciudad del litoral del país. Allí alquilé un diminuto departamento de un ambiente en un no muy buen barrio. Al principio, la soledad era aplastante, sin embargo, me justifiqué ante mi familia diciéndoles que era una importante mejora laboral que debía aprovechar, y al mismo tiempo una manera de escapar del círculo vicioso en que me encontraba. Resulta curioso como asociamos el desplazamiento físico con el olvido, como si el movernos, si el mudar el cuerpo de lugar, tuviera alguna relación con el proceso mental de la memoria. La posibilidad de la partida, de no ver las mismas paredes, los mismos rostros, se nos figura como estar al borde de la ruptura del círculo, de estar a un paso de hallar el quiebre a un eterno retorno.
Pero esa visión esperanzada carece de fundamento. A la brevedad contrastó con el lógico aislamiento a que necesariamente debía someterme una nueva ciudad, un nuevo trabajo y nuevas caras. Al principio pasaba los domingos caminando al borde del río. El domingo es el peor de los días de la semana y las caminatas eran tan largas como él. Durante esas tardes cálidamente azules recordé una vez más al hombre que abandoné ante la insistencia de Hernán. Fue mi segundo hombre y reviví las noches en su pequeña casa junto a la estufa. Ese recuerdo me hacía reflexionar sobre los contrarios. El maltrato nos hace añorar la gentileza, pero ¿por qué al tiempo ella sola no basta? ¿Por qué mi peculiar condición me lleva a añorar el maltrato durante la gentileza y a ésta durante el maltrato?
Estando yo en esa especie de caldo de cultivo fértil una vez más reapareció Hernán. Luego de extensas charlas telefónicas, con reproches y llantos, volví a entregarme a él en forma sistemática todos los fines de semana, en los cuales viajaba a mi nuevo hogar con un renovado entusiasmo que sin duda alimentó mis expectativas. Obtuvo entonces que mi devoción fuera más fuerte que la promesa de una nueva vida. Me pidió que volviera con él y lo hice. Abandoné mi nuevo empleo y como ya nuestro antiguo departamento había sido nuevamente arrendado, volví a casa de mis padres. Me dijo que todavía estábamos demasiado heridos como para volver de inmediato a vivir juntos y que intentaríamos asemejarnos a un noviazgo.
Tuve su favoritismo, y creo que hasta su exclusividad, por algún tiempo. Igualmente y como siempre, volvió a dejar de llamarme. Esta vez sí me creí asistida del derecho a preguntar, y por toda respuesta supe que hacía poco había conocido a otra mujer, que vivía en la capital y que era con ella con quien tenía pensado estabilizar su vida.
Así me encontré, otra vez en nuestra común ciudad, sin nuestro departamento y sin el trabajo que había dejado voluntariamente por otro al que también dejé para volver con él.
No fue éste sin embargo nuestro último contacto. Dos veces más lo vi durante su noviazgo con Julia. En tales ocasiones pasó revista a todos nuestros divertimentos como quien desea potenciarlos para recordarlos vivos. Como el amo que debe liberar a su siervo ejerce despiadadamente su poderío hasta el último instante de servidumbre, así me obligó a entregarme a él en un baño de su lugar de trabajo. Y al llevarme a casa, en la penumbra de la escalera que conduce al departamento paterno, hizo que me arrodillara en los escalones para ejecutar una subrepticia fellatio. Cumplí su orden aterrada de que se abriera alguna puerta, de que mis propios padres pudieran verme en la penumbra, de rodillas sobre dos escalones mientras Hernán aferraba mi cabeza contra su entrepierna y la movía a su antojo tirándome del cabello. Nada hacía yo, él manejaba mi boca a su arbitrio, cual si tuviera una cosa entre sus manos. Cuando el esperma brotó furioso y a borbotones comenzó a gritar «trágalo, trágalo», y lo hice entre aspavientos. Enseguida se fue. Al día siguiente extremó nuestras ideadas torturas a las que gustosa me sometía al punto tal que, por momentos, el dolor llegó a opacar al placer.
Supe inmediatamente que había decidido poner fin a nuestros encuentros, mas no lograba descubrir el motivo. Su confesa relación estable con otra mujer no podía serlo, pues si realmente me conocía, debía de saber que estaba en condiciones de soportarlo. Sin embargo, a los pocos días comprendí, aun sin entenderlos, los móviles de esa decisión que yo intuí a través del inusual salvajismo de nuestro placer. Y no fue por él sino por los lógicos comentarios que se difunden en una ciudad pequeña que me enteré de su inminente casamiento con Julia. Enseguida vi el valor que él podría profesarle a ese acto, y que esa ceremonia, ese segundo que es apenas relevante en la historia del hombre, podía ser una línea divisoria entre el hoy y el mañana. Supe que para él una cosa era dividirse entre Julia y yo permaneciendo soltero y una muy otra estando casado.
Fácil será imaginar la sensación que tuve con tal noticia. No fueron celos ni desesperanza. Me arrobaba el mismo temor que debe embargar a un preso acostumbrado a la cárcel ante la proximidad de su libertad. Nos basta con imaginar a alguien cuya vida entera, o su mayor parte, desde su adolescencia, ha transcurrido en reclusión. Pasan veinte, treinta años, y de pronto, sabe que al día siguiente debe enfrentar un mundo desconocido. No conoce otras reglas que las de sus carceleros y ha llegado a acostumbrarse a éstos como un niño a sus padres. No existe para él otro mundo que el que conforman esos muros donde se aprende a servir y a callar. De golpe, de manera tan brutal como si se tratara de una amputación, se le arroja fuera y no le queda otra perspectiva que vivir perdido y desorientado.
Me figuro por otra parte que ese último día en prisión, el guardia se ensañará con el preso por el temor a perderlo. Porque, ¿qué es él sino la sombra de su recluso? Al desaparecer éste aquélla deja de proyectarse, desaparecen juntos porque cada uno necesita del otro para ser lo que es. Y como sabe que ambos ingresarán en la nada, el carcelero descargará su más brutal castigo sobre el pupilo. A su manera, fue lo que él hizo.
Debí enfrentarme entonces con mi libertad y tuve tiempo para evaluar y reflexionar. Los años de separación habían sido más que los que habíamos vivido en pareja. Esa reflexión me asustó. Había sido tomada y descartada durante más tiempo que aquel en que me había dispensado su exclusividad. La etapa en que teníamos nuestro hogar, en que recibíamos amigos y nos comportábamos cual una pareja común aparecía mínima, irrelevante, frente a la otra etapa. La del eterno retorno, la de huir y volver. La idea de regresar siempre al mismo sitio como si ello fuera parte de una condena infernal aterra. Basta imaginar que alguien estuviera condenado a revivir periódicamente el dolor más extremo de una enfermedad. Cuando se cree próximo a la cura, cuando el cuerpo se acomoda al alivio, regresa a los dolores que lo anudan como una consecuencia lógica e inevitable del aparente alivio que siente. Luego de varios retornos ya no quiere el alivio porque sabe que es la antesala de su sufrimiento, aprende a vivir en esos ciclos y a temer la calma. Mi tiempo de enfermedad había superado a mi tiempo de salud, era cual si ocupara la totalidad de mi existencia, a ese tiempo me había amarrado y ahora me expulsaban de él. Hice un último intento y llamé a Hernán pocos días antes de su boda. Le dije que no tenía por qué renunciar a mí, que podía tomarme cuando quisiera, que si tenía temor a que su esposa lo descubriera podríamos encontrarnos en otra ciudad, que contara con mi discreción. No me importaba en ese momento humillarme. El miedo al abandono era infinitamente mayor que el temor a la humillación. Ahí estaba yo, casi entre llantos, implorando un lugar en la vida de un hombre, un lugar cualquiera, por pequeño que fuera, por mínimo y denigrante que se lo considerara. Mendigando ser una amante ocasional, prefiriendo ser una aventura para mitigar el aburrimiento. Ya no tenía proyectos de vida, planes, nada. No me interesaba formar una familia, tener hijos, envejecer con alguien. Sólo quería un pequeño espacio, por humillante y ridículo que fuera. Le dije que podía hacer conmigo lo que deseara, que me ocultaría del mundo para verlo, que consagraría mi vida a esas citas, donde, cuando y cómo él quisiera. Sólo tuve por respuesta un devaluado discurso acerca de que debía encauzar mi vida, que buscara un hombre y me casara. Parecía no saber cómo explicarse, estar sorprendido de mi llamada, no comprender mi actitud. Confieso que hubiera preferido una respuesta menos paternalista y sí más hiriente, que por lo menos me hubiera alentado, que me hubiera dejado una pequeña esperanza, que me permitiera consolarme con que en cualquier momento él me buscaría y continuaría dándome lo que hasta ese momento me había tocado.
Aquellos días están guardados en mi memoria, envueltos en una suerte de nebulosa. Apenas tengo recuerdos vagos que no puedo relacionarlos con tiempos y lugares, y me es difícil hilarlos racional y cronológicamente. Sé que tomé demasiados somníferos, que vagué por muchas calles con la mirada perdida, que alguna vez me oculté frente a su casa con la secreta esperanza de verlo salir o entrar. Que fui dejando pasar los días con la íntima convicción de que Hernán volvería a buscarme como lo había hecho tantas veces antes. Que un día me citaría y me ordenaría desnudarme. Esa sola esperanza me bastaba para ser feliz. Sin embargo nada de eso sucedió. He dicho ya que Hernán nunca llegó al límite de mis reales posibilidades de sumisión, por lo que concluyo que nunca fue un eficaz manipulador de mis desgracias. Me explicaré. |
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A la mañana siguiente Hernán se levanta con dolor de cabeza por el alcohol, pues es de suponer que luego de su cita con Aurora se ocultó hasta tarde en alguna whiskería para leer el mensaje de Mara. Su primera impresión es la de haberlo soñado todo pero al minuto reconoce la realidad. Preguntas tales como «¿qué se trae Mara?» o «¿en qué se está él metiendo?» es lo primero en que piensa antes de saltar de la cama. Se levanta, pasa por el escritorio y mira de reojo el portafolios en el piso porque en él está ocultó el cuaderno de Mara. Comprueba que está intacto y sigue viaje a la cocina.
En ella está Julia preparando el desayuno. Se besan, se sienta a la mesa y se apresta a beber el café. Como Julia nada sospecha hablan de cosas intrascendentes.
Pero Hernán se va a su trabajo dudando qué hacer. La reacción que se le presenta como más lógica es llamar a Aurora, y ya que ella ofició de correveidile, exigirle que ponga las cartas sobre la mesa. Al fin y al cabo ya están todos grandecitos para tamaña tontería. Puede decirle entonces que si lo que esa ridícula dupla de hermanas quiso fue hacerle sentir culpable por el intento de suicidio de Mara, no lo han logrado en absoluto. Después de todo, Mara no hizo nada que ella no quisiera hacer.
Eso es, se dice como al borde de una revelación. Considerándose un tonto por no haberlo visto antes, resuelve que lo que ambas hermanas buscan es una tortuosa forma de reprocharle y estimular su culpa. Pero inmediatamente concluye que en definitiva sí le cabe algún reproche, pero que si le cabe a él, también le cabe a Mara. Lo que primero vio como una última confesión lo ve ahora como una inesperada forma de recriminarle. Porque ¿quién podría imaginar que una mujer, luego de ingerir cantidades de fármacos para quitarse la vida, le envíe a su ex amante, de su puño y letra, un relato de la historia que vivieron juntos, si no es con el fin de decirle que es él el único culpable de su actual situación? La diferencia entre una y otra visión es sustancial. Porque si fuera lo primero, es decir, la confesión, debió haber sido escrita antes del frustrado intento de suicidio. Pero Hernán ya descartó esa idea, y entonces su redacción debió ser posterior. Ello indicaría que o bien Mara no recuperó la cordura luego de un acto tan extremo o bien que algo trama.
Decide entonces salir de dudas y llama a Aurora. La cita se vuelve a concertar en la capital no sin alguna resistencia por parte de ella. Hernán la convence diciéndole que lo que deben hablar puede ser de gran ayuda para Mara.
La confitería es la misma que la de la primera cita. Está frente al mar y tiene una terraza con mesas y sombrillas cubriendo las mesas. Como se sientan afuera deducimos que corre el verano. Se trata de uno de esos lugares donde esposas y jubilados concurren cerca de las seis de la tarde a tomar té o café con leche y masas. Hernán admira a la gente que espera la hora del té como él espera la hora del whisky. Se le antoja que revelan una mayor paz interior y que poder conciliar el sueño sin alcohol los hace en parte superiores a él.
Comienza preguntándole si no leyó el cuaderno, a lo que recibe una respuesta negativa. Le dice que ha pensado en ir a ver a Mara, pero lo dice como quien saca el alfil de su casilla esperando la reacción del adversario. A Aurora no le parece conveniente y entonces Hernán mueve su otro alfil. Insiste porque argumenta que le será más fácil verla mientras ella permanezca internada en la capital que cuando regrese. Y si bien, como dijimos, se trata de una nueva jugada, en caso de tener que ir realmente a verla lo prefiere así porque piensa que en la capital estará fuera del alcance de Julia.
Luego de apurar el café pide una copa porque nos acercamos a las ocho y está anocheciendo. Con el primer sorbo insiste en que no puede creer que Aurora no haya leído el escrito de su hermana.
Dijiste que podía ser su diario pero parece escrito para ser leído por un tercero, le enrostra, y los diarios no tienen otro destinatario que su propio autor. Tampoco tiene el tono telegráfico y desordenado de un diario y parece escrito de un solo y largo tirón.
Aurora le pregunta por qué le extraña tanto que ella no lo leyera. Bueno, dice Hernán, es tu hermana y por otra parte siempre está la curiosidad. Te admiro por vencerla, aunque si cambiásemos de posición quizás yo sí lo habría leído y te contestaría lo mismo. Por eso debo pensar que sí, que lo has leído y hablarte partiendo de ese presupuesto. Y es por esa manera de razonar que las próximas palabras de Hernán se parecen más a una justificación que al pedido de explicaciones que lo movió a concertar la cita.
No me hace sentir orgulloso el que lo sepas, comienza a decir como inculpándose. No finjas desconocer de qué hablo. Mal puedo no sentirme desnudo ante ti y ya sabes lo que eso significa. Debes saber, continúa, que si bien cada línea es cierta jamás tuve la explícita intención de ¿cómo es que dice ella? ¿graduar su dolor? Bueno, lo que sea. Así procedí porque la necesitaba. Nunca conocí a una mujer como tu hermana. Creo que deliberadamente buscaba generar en mí una especie de soberbia, quería que me emborrachara con ese poder que ahora ella dice haberme concedido. Era su forma de atarnos. La recuperaba con persistencia porque en algunas noches de soledad y whisky llegué a pensar que necesitaba de su esclavitud, y la abandonaba por la sencilla razón de que sabía que podía recuperarla.
Hernán se interrumpe, pide su segundo trago y enseguida se encuentra ahondando su confesión. Aurora es la última persona que se imaginó podría recibirla. Cuando vivía con Mara sus relaciones con Aurora eran meramente formales, parcas. De ella todo le desagradaba y le era extremadamente difícil hallarle algún atractivo. Y no hablamos de su aspecto, que por cierto no admite dos juzgamientos distintos, sino de su carácter. Si ella fuera una palabra sería la palabra «anodina». Si fuera un color estaría en la gama de los opacos. Es uno de esos seres que pasan por el mundo sin dejar la más común e intrascendente de las huellas y parecen más un error de Dios que una manifestación de su voluntad. Pero ante ese ser desventurado escupe Hernán una rápida e involuntaria confesión sin saber con claridad que es lo que lo está llevando a traicionar su propósito. Puede ser el alcohol —está acabando su segundo vaso— o que la aún fresca confesión de Mara hace nacer en él la necesidad de la réplica.
Desde siempre he tenido el temor a la pérdida, le dice. Temor a perder mi empleo, temor a perder a una mujer. Por eso me enfrascaba en relaciones a medias. Al involucrarme poco sabía que no tenía necesidad de abandonar porque en esos casos el abandono está siempre presente, es una posibilidad permanente admitida tácitamente y que por lo tanto no requiere un mayor esfuerzo. Es más, en esos casos el abandono no se trata de algo real, corpóreo, y por no serlo carece del riesgo que le es inherente: la pérdida irremediable y absoluta de toda posibilidad de recuperar. Ese riesgo era inexistente con Mara, por lo que su garantía de permanente servidumbre era a la vez el detonante que promovía su abandono. ¿Por qué me casé entonces con Julia? La sed de cambio, de vivir una vida estable y plácida, de engordar y beber.
Porque también debes saber que Mara no dice toda la verdad. La sola lectura de sus notas puede dar una imagen parcial de los verdaderos motivos de nuestra separación. Llegó un punto en que la vida con ella se volvió insoportable. Quería controlar todos los aspectos de mi vida, terminó por desarrollar una obsesión no sólo en contra de otras mujeres sino también de cualquier tipo de actividad en que ella no participara. Si me reunía con amigos a tomar alguna copa y me demoraba en volver a casa, la encontraba llorando al borde de la cama, me decía que la estaba desplazando, que estaba construyendo una vida en la que ella no tenía cabida. Imagínate, esa sensación a raíz de un simple encuentro con colegas luego de un día de trabajo. Y así siempre. Siempre un cúmulo de reacciones cada vez más desproporcionadas. Sí, ése es el término exacto, dice como reflexionando para sí en voz alta. La desproporción. Una vez se le metió en la cabeza que yo tenía algo con una telefonista del sanatorio. Venía entonces a verme todos los días. Al mediodía me traía el almuerzo aunque sabía que yo prefería comer fuera. Llegó a esperarme al final del turno con cualquier excusa. Lo pueril de sus explicaciones e inventos no podían ocultar lo que en verdad era su motivación: una cierta vigilancia fruto de unos mal disimulados e infundados celos. Poco a poco esas actitudes se fueron reiterando y haciéndose cada vez más frecuentes. Creció en ella la necesidad de conocer cada uno de mis pasos, de saber dónde me hallaba a cada momento del día. Si llamaba al sanatorio y no me encontraba se desesperaba. En una de esas ocasiones dejó abruptamente su trabajo y comenzó a deambular por las calles a pie. Se fijaba en cada bar, en cada tienda, fisgoneó en el estacionamiento del único hotel decente de la ciudad y llamaba cada quince minutos al sanatorio desde teléfonos públicos para saber si yo había regresado. Como no tuvo éxito en su búsqueda volvió y preguntó nuevamente a la enfermera. Ésta le dijo que no sabía dónde estaba, que sólo había avisado que regresaría en una hora. Entonces se fue. En realidad había ido al hospital público donde un colega quería consultarme acerca de un paciente. Cuando volví a casa Mara hizo un verdadero escándalo. Casi se ahogó en llanto y amenazó con irse. Sólo se calmó cuando tras casi una hora logré convencerla de la verdad de mi historia. Me reprochó empero no haberla avisado antes de salir.
Como comprenderás, continuó, me sentía cada vez más asfixiado, con cada vez menos espacios. La contracara de esa obsesión comenzó a parecerme grotesca. Como ella intuía que su persecución se me estaba haciendo intolerable durante el día, pretendió compensarla complaciéndome en las noches. Llegaba y encontraba la mesa románticamente puesta y a Mara a su lado ataviada con la más atrevida lencería y dispuesta a realizar las más excéntricas fantasías. No comprendía que eso sólo no bastaba. Su enfermiza obsesión estaba opacando los placeres de nuestra intimidad. Luego de sufrir sus desplantes a mis compañeras de trabajo, que me ocultara las invitaciones a reuniones sociales, que fingiera enfermedades cuando debía viajar a algún congreso, no podía verla en las noches sino como un ser obsesivamente lascivo y nada más. Cuando abría la puerta de casa y me recibía desnuda ya no veía a aquella mujer cuya estudiada sumisión nublaba mis sentidos y exacerbaba mi libido hasta límites nunca antes vividos. No, ahora esa imagen se me figuraba de otra manera. Ante mí tenía a una mujer extraviada y que utilizaba su propia lascivia para hacerme olvidar el tormento a que me sometía durante el día. Una noche estallé y le dije que se vistiera, que no fuera ridícula, que estaba dando un espectáculo patético. Comenzó a temblar y a ahogarse, como si el enfrentamiento con la realidad fuera en ese momento demasiado para ella. Le di un sedante y no hablamos más del asunto, pero ya nuestra convivencia estaba llegando al final. Es cierto que busqué a otras mujeres; es cierto que comencé a hacerle desplantes, pero hay que entender que era mi forma de reaccionar, mi manera de liberarme, de volver a respirar.
De pronto Hernán advierte que se ha desviado el curso planeado de la conversación. Nada puede reprocharle a Aurora puesto que fue él quien lo desvió. Revela entonces el real motivo de la convocatoria, que no es ayudar a Mara sino exigir cuentas, lo que sabe que en el fondo es tanto como ayudarse a sí mismo. Le dice así que sólo tiene dos cosas claras. La primera, que le ha entregado ese cuaderno por alguna razón, y la segunda, que existe otro con la continuación. Saca entonces el texto de dentro de su portafolios, lo abre en la última página y se lo muestra apoyando el dedo índice en la última frase.
Aurora le vuelve a desconocer toda intención o complicidad y ahora es ella la que mueve su alfil. Le dice que puede hacer algo por él, y que ese algo es tan sencillo como trasladarle la pregunta a Mara, pedirle a ella de su parte una explicación y llamarlo para transmitirle su respuesta.
En eso quedan al irse. Hernán entonces dedica un tiempo a caminar por la costa porque desea reflexionar. No hay duda que el mensaje de Mara es una suerte de reproche, pero ¿debe él realmente sentirse culpable de algo? Existen incontables parejas que se abandonan, se dice, y no por ello alguien intenta quitarse la vida. Cierto que en algunos casos sucede, pero ¿en esos contados casos hay que achacarle a la otra parte el haber provocado esa decisión enfermiza? Quien toma ese partido lo hace mediando una reflexión íntima, personal, independiente. ¿Por qué pensar que el otro ha de alguna manera incidido en ella? Por supuesto que un abandono puede ser la causa de tal proceder, pero ¿hay que seguir de ello que en esos caso le está a una persona vedado el abandonar, cuando éste es un hecho casi cotidiano, diríamos que hasta natural?
No. Si así fuera, habría que concluir en que existen personas que tienen un deber especial, el de permanecer atadas a otras para que éstas no ejecuten un acto que en esencia es una decisión personal, y eso sería una carga que no se le puede imponer a nadie, un sacrificio inmoral. De ninguna manera entonces el suicidio puede ser imputado a otra persona más que al suicida mismo. Puede identificarse la causa del suicidio —un engaño, una enfermedad, etcétera—, pero nunca puede afirmarse que el suicidio fue a causa de otra persona. A lo sumo habrá sido a causa de un acto de esa otra persona, pero si ese acto no es en extremo reprobable, si se trata de un acto que la mayoría de las gentes lo sufren sin que sean conducidas por él a tan drástica decisión, ninguna culpa cabe endilgarle al autor del mismo.
Pero puede pensarse también que su caso excedió el mero abandono, que no fue un acto único y definitivo sino una especie de movimiento pendular, de atracción y rechazo. Y aun así —se pregunta— ¿cuál es su culpa? ¿No le bastaba a Mara simplemente negarse para poner fin a ese movimiento? ¿Acaso no le hubiera bastado cerrarle las puertas, no contestar sus llamadas? ¿Qué le impedía hacerlo? ¿Se le puede achacar a él culpa por buscarla cuando ella siempre estaba pronta a arrojarse a sus brazos? No. Mara es un ser adulto, normal, que sólo sufrió un desengaño amoroso. No es culpa suya si lo dramatiza, si lo lleva a estos extremos. Se convence entonces de que no tiene mayor responsabilidad en lo sucedido y que tampoco la tiene si estos escritos que recibe son el fruto de alguna especie de desvarío. De la misma manera en que uno no puede ser culpado por la decisión de autoeliminarse que adopte de otra persona, tampoco puede pensarse que sea responsable por el desorden mental de aquélla.
Inevitablemente se pregunta si debe seguir con esto. Los escritos de Mara revivieron en él épocas dolorosas, ya que nunca se había visto a sí mismo como un manipulador. Muy por el contrario, cuando la buscaba, lo hacía sinceramente. No quería volver a vivir con ella pero tampoco concebía perderla definitivamente. ¿Por qué culparse si ella también seguía su juego? Cuando así piensa no la concibe como una mujer que no podía decir «no» sino que lo hace porque prefiere pensar que tenía libertad de elección. Tuvo esa libertad cuando dejó a aquel hombre que ahora no recuerda como se llamaba. Cierto que él le dijo estar arrepentido y amarla, pero hay cosas que se dicen en momentos de pasión y los celos empujan hacia esos momentos. Por ello no puede decirse que no fuera sincero. Al fin y al cabo eso sintió en ese instante. No podía soportar el pensar que la perdería para siempre. Supone que ese hombre se llamaba Pérez e imaginaba a Mara como la futura señora Pérez y eso justificaba su desesperación y por lo tanto su obrar.
Cuando llega a su casa es nuevamente tarde y tiene una escena con Julia. Le dice que se encontró con un amigo en Montevideo y se demoró tomando un trago con él. En el fondo Julia sabe que no la engaña y no cree en absoluto que la demora se deba a alguna aventura. Es sólo que no le gusta que llegue tarde y así se lo hace saber.
Hernán ve que las cosas han rodado bien con su esposa durante este año y medio de matrimonio. Le gusta su compañía y disfrutan de pequeños placeres juntos, placeres a los que nunca antes les había dado importancia. Aprendió con ella a disfrutar de paseos cotidianos, de largas caminatas, días de campo o el sabor de las charlas. Les gusta especialmente leer un libro juntos, comentarlo, analizar un personaje como si se tratara de un ser real, como quien habla de un amigo o de un conocido, juzgar sus actitudes o descubrir sus defectos. Esto era para él la antítesis de su relación con Mara. Los encuentros con ella tenían el único sentido del sexo. El erotismo lo dominaba todo, desde la comida hasta los diálogos. Cada palabra, cada paseo, eran un pretexto para hurgar en el sentido sexual de todas las cosas. Se embadurnaban el cuerpo con comida y se lamían mutuamente hasta saciar su apetito; se tocaban constantemente y sus miradas tenían siempre una inequívoca picardía. Si bien ello estaba ausente en su matrimonio con Julia, en modo alguno pensaba que no estaba satisfecho con su forma de ser. Es desenfadada y alegre en la cama, y el sexo es entonces un condimento más de una existencia plena. No tienen desencuentros en ese plano, y Hernán llega a preguntarse cómo es que no los tienen cuando todo es tan diferente con ella. No alcanza a comprender la razón, aunque por un segundo parece vislumbrarla. Se trata de una de esas verdades relámpago, que aparecen y se van en una mínima fracción de tiempo durante la cual se la ve con claridad y al instante siguiente se la olvida, y no puede ser enteramente reconstruida pese a los mayores esfuerzos. Eso le sucede y no puede asir ese fugaz pensamiento. Sabe que estuvo al borde de una verdad fundante de su personalidad y no puede reconstruirla.
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